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lunes, 6 de febrero de 2023

Travesía de la península ibérica durante el Siglo de Oro

 

Juan Rui de Velasco, antes llamado Abenasar, es un personaje del 1600 gaditano. Traficante, contrabandista, músico, fabricante de salmueras, coleccionista de arte..., sus actividades se extienden por las orillas de ambas Indias, las orientales y las occidentales. Con el apoyo de influyentes personajes entra en el negocio de los transportes terrestres, que entonces comenzaban de la mano de una familia judía favorecida por el rey, los Taxis, y de esta forma, para reconocer el terreno, se embarca en un viaje que le lleva a recorrer la península ibérica de sur a norte. Juan Rui de Velasco tomó largas notas durante su transcurso, y de esta forma dejó escrito:

–Gótica Tierra de Campos, enorme y casi desértica extensión de la que anteriores y muy vagas noticias tenía, ahora te conozco, cuando nos acoges entre tus serpenteantes choperas y riachuelos, tus innumerables y escondidas aldeas y tus mil y mil colinas..., que complacido nos has y nuestras gratitudes nunca serán suficientes...


... y tras este preámbulo narraré el principal episodio, espiritual y recóndito suceso, que aconteció durante los días que digo.

En la amurallada población de Astudillo, mediado el mes de julio del año del Señor de MDCI.

Es de noche, y en las profundidades de una posada polvorienta, a la luz de un candil de aceite perfumado enarbolo la pluma y anoto lo que sigue:

En esta tierra de mieses y nubes blancas, en la que un claro tiempo nos acompaña, he descubierto el secreto mejor guardado.


  Y ahora diré esto:

El protagonista, el morisco, cuando se va a recorrer la península ibérica de sur a norte (este es su viaje durante el principio del siglo XVII), lo hace huyendo de la peste que se abate sobre la ciudad de Cádiz..., pero en realidad no es ese el caso, sino que va a reconocer los caminos sin que se entere nadie para establecer postas (es uno de sus  negocios, y lo lleva en secreto)... Pero tampoco: en realidad lo hace para ligar con una chica que va en la caravana en la que viaja... ¿Eso sería más lógico?, aunque tampoco es esta la verdadera causa de la larga expedición, sino otra que descubrirá quien lea el libro, que no se limita a este cuento, pues de manera paralela, aunque en el siglo XXI, varios personajes de fábula que tienen el castellano de idioma común van a alumbrar las huellas de aquel viaje tan lejano en el tiempo..., lo cual tiene lugar en diversos escenarios, tales como la Puebla de los Mártires, la campestre Ucrania, la ciudad de Londres o el estrecho de Mesina.

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El viaje del morisco: una novela histórica que transcurre durante dos siglos, el XVII y el XXI. 

 

AÑO PRIMERO

 PRELUDIO

Un ciego de nacimiento

Juan de Cádiz

EXPOSICIÓN

In tenebris

El desalojo

Cumpleaños en Ruamenor

Anchos horizontes

La reforma

El desengaño

 

AÑO SEGUNDO

 ENREDO

Vida y muerte en Ruamayor

La peste

Cita en la llanura

El viaje del morisco

En las entrañas de la máquina

APÉNDICES

Los colores del otoño

Mujer negra, perra blanca

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Ver este libro aquí:

https://www.amazon.es/dp/B079TBP55B

 

miércoles, 9 de marzo de 2022

Fotos sin música

 

Esto son fotos. Raras, es verdad, pero bueno, hay algunas normales. Para verlas bien, una a una, sin apresurarse, hay que entrar en este sitio:

https://docs.google.com/presentation/d/1OcBptbg1qgRlvlc24evYeAPotzNAQYgYFsZcrkYXRiA/

 

Y si lo anterior son fotos, ESTO SON LIBROS, y divertidos, sin tonterías. Ah, y bastante bien escritos, que eso sí que es una novedad.

 

jueves, 17 de febrero de 2022

Cosas que hay por ahí

 

Hay una peli en Youtube que quizá os divierta. Está hecha con fotos más o menos raras tomadas en España durante el último año, y ambientada con música del gran Vivaldi. Se puede ver aquí: https://youtu.be/nkpq_ooZ0eM

De nada. Ha sido un placer.

 

(En la próxima entrada pondré el enlace para verlas más despacio, una a una.)

 

Aquí hay NOVELAS DE AVENTURAS.


jueves, 12 de agosto de 2021

Paseo por Castilla

 En verano da gusto ir a lugares en los que hay nadie. Por ejemplo, Castilla la Vieja. Andas por allí de fonda en fonda, das vueltas... Bueno, para qué lo voy a explicar, pero, eso sí, encuentras cosas que no te esperas, como esta:

Aunque al pronto no lo parezca, es un mural en una pared blanca. Está en Cabañas de Castilla, pueblo de la provincia de Palencia.

Si alguien quiere ver la historia completa que mire aquí:

https://docs.google.com/presentation/d/1QoI9GZzuJr_qY2gN-_6gqZsdYgpH8UwDFVA1qJDsAMg/


También se puede ver esto otro:

Novelas de aventuras


martes, 9 de octubre de 2018

Muchos veranos en España

  
... porque no hay uno sino varios; en este país hay donde elegir. Por ejemplo, en Santander,

 

o en Castilla;


en Salamanca,


o en Alicante, que es lo clásico de las agencias de viajes y todo eso. Bueno, el que quiera pasar calor que se apunte.

 

Y para que nada falte, busque nuevos escenarios veraniegos (que los hay, y abundantes) en ESTA DIRECCIÓN.

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Semilla de chopo con paracaídas



Esta es una semilla de chopo, también llamado álamo, que, como se ve, lleva un artilugio muy ingenioso que le permite ser transportada a grandes distancias. Se trata de esa especie de pelusa blanca que tiene forma de paracaídas. El conjunto. que es diminuto (compárese con los dedos que la sostienen), se desplaza por el aire arrastrado por las corrientes, y de esta forma consigue posarse al fin en tierra en algún lugar distante, en donde germinará (o no, claro, pero como hay muchísimas...). De esta forma, el árbol se asegura la descendencia.

Este es uno de los múltiples mecanismos que la naturaleza (o el Cosmos, vamos, pero en cualquier caso nuestra madre) ha inventado y puesto a punto para asegurar la continuidad de las especies. Y ahora viene la segunda foto, y contemplándola uno no puede por menos de preguntarse: ¿qué tenía de especial el código genético de la semilla que hizo germinar semejante árbol?, que también es un chopo.


domingo, 9 de octubre de 2016

El canal de Castilla, obra de ingeniería hidráulica del siglo XVIII


     El canal de Castilla es una vía de agua que se construyó durante buena parte de los siglos XVIII y XIX y recorre tramos de las provincias de Palencia y Valladolid. Se planeó como vía navegable, con objeto de transportar en barcazas el trigo de estas regiones hasta el puerto de Santander, pero fue adelantado en el devenir de los tiempos por el ferrocarril (que se tendió al final de esa época), y ha quedado como soporte de los regadíos de la árida Tierra de Campos.


     A ambos lados de su cauce se encuentran los caminos de sirga, por donde circulaban las acémilas que arrastraban las barcazas, y ellos se han convertido a su vez en fantásticos y arbolados paseos para uso de ciclistas y caminantes, casi 160 kmts. totalmente llanos, como corresponde al fluir de las aguas.


     Durante su recorrido transita por lugares muy bonitos (aunque hay algunos tramos bastante resecos) y poblaciones con nombres plenos de resonancias históricas, como Frómista, Paredes de Nava o Medina de Rioseco. (En la siguiente imagen, plaza en Paredes de Nava.)


    Si queréis huir del bullicio y encontrar un lugar solitario por el que pasear a vuestras anchas con la única compañía de pajarillos y rapaces, os recomiendo hacer esta ruta, ya sea caminando, en bici (los muy vagos en bici eléctrica), en piragua e incluso a caballo, que de todas estas maneras se puede recorrer.

La retención tercera, aguas abajo de Ribas de Campos

    Y si queréis alojaros, comer y beber por el camino, no hay problema. Hay muchos pueblos en donde hacerlo, como en este albergue de Boadilla del Camino, en donde unas buenas alubias a la caída de la tarde para reponer fuerzas....


    A continuación pongo un plano del lugar para hacerse una idea. Del Ramal Sur (Palencia, Valladolid...) no digo nada porque es muy urbano, con muchas carreteras y autovías, adosados, ferrocarriles... No obstante, Dueñas y Venta de Baños son localidades que merecen visitarse.



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Estos son algunos enlaces que os pueden dar ideas al respecto:









viernes, 15 de mayo de 2015

La vida secreta de las tierras castellanas



Castilla, en especial la Vieja, es históricamente la región más representativa de España. Los turistas prefieren el ambiente andaluz y las costas mediterráneas, y los españoles, influidos por la incansable propaganda del sistema, allá nos vamos, pero en la meseta central, lugar en donde nuestra más reciente historia comenzó alrededor del siglo x, se pinta la más limpia de las luces, lo cual se debe a las condiciones geográficas (700 m de altitud media), el extremado clima continental y la casi completa ausencia del primero de los sectores económicos (la industria).
Es Castilla región agrícola, carente de humos y aglomeraciones, reino de la soledad señalado sin duda por el dedo de los dioses (sobre esto ya sé que hay opiniones encontradas), y paraíso en donde a la vuelta de muchas esquinas se pueden hallar bares de los de antes, pormenor en absoluto desdeñable..., y es más (por añadir algún detalle), que si lo que usted desea es ver puestas de sol como las que todos llevamos en la mente –algo difícil de lograr tal y como están los tiempos–, encarámese una buena tarde a la torre del alcázar de Segovia, o, aún mejor, al pico de Almanzor, en el Sistema Central, y ya me contará.
Me voy a dejar de encomios literarios acerca de esta extensa comarca, y les convido a que lo contemplen con los ojos de la cara, que no suelen mentir. Se trata de una docena de fotos elegidas al azar (tengo muchísimas), y me parece que en ellas se advierte lo que es difícil expresar con palabras. La dirección para verlas es:



domingo, 15 de marzo de 2015

Correría por Castilla



Lo que sigue pertenece al último de mis libros, el que se llama Correría por Castilla y detalla un viaje por los caminos de sirga, aventura en la que me metí durante el verano que ha transcurrido. Después de escribir un montón de novelas, caigo en la cuenta de que aún no he tocado el género libros de viaje, y me ha divertido hacerlo; claro, que la excursión ha valido la pena.
Del contenido, unas doscientas y pico páginas, he extraído tres que se sitúan al final, y aquí las pongo a modo de ejemplo. El protagonista protesta, pero no es para menos, pues tras diez días recorriendo campos casi deshabitados y tratando con las gentes castellanas, ¿se imaginan ustedes lo que es volver a la civilización y sus usos? Son asuntos tan dispares que me parece que en realidad refunfuña poco, que mucho más podría decir..., pero, en fin, dejémoslo así por el momento.

...

[1]

El tramo que recorro no es muy sombreado, aunque paso por una esclusa con su correspondiente y enorme fábrica de harina, esta en plena labor –a juzgar por el ruido–, pero lo que más me sorprende, sobre todo al final, es que conforme me aproximo a la ciudad comienzan a aparecer indicios de lo que llamamos civilización. Sí, porque por aquí la gente no saluda, es curioso. Me cruzo con dos o tres corredores modernos de esos que visten de colores, llevan auriculares y –lo que se deduce de su aspecto– entre col y col frecuentan los gimnasios, y ninguno dice una palabra; ni miran. Ellos, a lo suyo. ¡Qué diferencia con las personas que hasta aquí he encontrado!, porque la gente del campo de Castilla, la gente con la que me crucé en el camino, mira tú por dónde, es de lo más amable que pueda uno imaginar. Todos saludan atentamente, se interesan por lo que haces o dejas de hacer, te aconsejan lo que les parece más conveniente y, llegado el caso, te invitan a tabaco o a una caña.
–Bueno, o a una paella.
–Desde luego; o te llevan a una multitudinaria fiesta del barroco regada con champán e iluminada por un sinnúmero de velas colocadas sobre candelabros.
–Ya. Esto último ha sido el no va más. ¡Menudo colofón!
Y de esta manera, sin hacerme eco del mutismo de quienes están imbuidos por los antipáticos usos de las ciudades, con las imágenes de la fiesta de anoche bailándome ante los ojos hago caso omiso y acelero el paso.
–La verdad es que una rusa bien traída te puede poner los puntos como una moto. ¡No sabéis lo que os perdéis, esclavos!

...

[2]

En las terracitas de la gran calle sólo encuentro avisos de comida basura, es el verano en la ciudad y la gente me mira con recelo porque pocas veces se ve a alguien con una mochila a cuestas por vías urbanas.
–Y menos con alpargatas.
–Pues no sé qué tendrán que decir, que esto es lo único que veo que sea genuinamente de la tierra. ¡Menudos traidores! Se han pasado al enemigo... Míralas, todas con bailarinas...
En un paso de cebra se me atraviesa un gracioso que tiene mucha prisa, un calvorota de veintipocos años con camiseta negra de tirantes que va en un descapotable diminuto y hace como que no me ve, va mirando para Cuenca y a lo mejor es verdad que no me ha visto, que mucha cara de espabilado no tiene; lo más seguro es que le hayan dado el carné en una tómbola.
–Ya; hay gente pa todo.
Si uno se fía de las encuestas llega a la conclusión de que el urbanita es un ser muy fino, respetuoso (hay que tener más respeto, dicen a veces con unción los cursis), legal y superguai, y cuyas principales aficiones son la lectura de libros y las audiciones de música refinada, pero a poco que se escarbe resulta que este es un territorio de necios, de ineducados y analfabetos que repiten como cotorras las consignas que aprenden en la tele, y como ovejas se acercan a las urnas el día que les han señalado, y cuyas verdaderas aficiones, como todos sabemos, son en realidad el fútbol, el cotilleo y la pornografía, y luego se atreven a infamar, o lo intentan, las tierras libres que tienen aquí al lado, que ni siquiera conocen, en donde canta la alondra y el águila se remonta, y las hojas de los álamos, y el ruido del agua que corre, llevan a sus últimos extremos las melodías susurrantes que son las únicas que no dañan los oídos... En fin, el mundo al revés.


...

[3]

Pasa una nube.
–Pues hete aquí de nuevo. Se acabó la excursión.
–Ya... Se acabó el camino infinito pleno de lugares solitarios y misteriosos, y los pueblos de piedra, adobe y ladrillo, y las gentes sencillas y bienintencionadas y los animales del mundo casi deshabitado, las rapaces que cuando pasas alzan el vuelo desde las ramas más altas y los pajarillos que sin cesar pían y revuelven con sus continuos juegos, y las ranas que se arrojan al agua ante la presencia extraña... Y los gallos que anuncian el amanecer, y los sapos y las cigarras que cantan por la noche a la luna y las estrellas, el Triángulo del Verano y tantas otras que tardarás en volver a ver...
–Y a los planetas.
–Sí, y a los planetas, y a las estrellas fugaces que de lado a lado del firmamento trazan su rauda luz... Se acabó todo eso, aunque esperemos que lo que se avecina sea tan sólo una situación pasajera, una mínima pausa entre dos revoluciones, porque las revoluciones, lo que son las cosas..., se llevan dentro.


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También se puede ver esto


y esto otro




jueves, 18 de septiembre de 2014

El viaje del morisco, entrega 3







Todos los años (o cada dos años) acabo un libro nuevo. El anterior fue Charli en Wonderland, del que ya he puesto un par de trozos en estos blogs –como este...–, y del anterior, Ojos azules, que data de 2011, también he puesto por aquí alguna cosa (como esta o esta), pero luego he finalizado otro que lleva por título El viaje del morisco. Es un libro de 400 páginas en el que se cuenta una larga historia acerca de un tesoro (¿es una partida de pescado podrido, una chica o un tesoro de verdad...? ¿O se trata de abrir los caminos de Castilla a los nuevos transportes de aquellos tiempos de la mano de los Taxis, acaudalada familia judía que ostentaba el monopolio de los correos de la época?). Sea como fuere, pongo hoy este trozo que sucede durante el principio del verano de 1601, primer año del siglo XVII, cuando los protagonistas del viaje circulan desorientados por Castilla y acaban por llegar a Valladolid.

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Habíamos partido con cincuenta hombres y apenas nos quedaban treinta, pero Esteban opinó que eran suficientes para manejar la impedimenta, y que el resto no constituían sino un estorbo al que habría que alimentar sin ventaja alguna para la buena marcha de la empresa. Además, los que habían desertado, eran en buen parte desconocidos, criados que nos habían prestado para el caso Bartolomé y don Joaquín, y no nos contrarió vernos sin ellos, de forma que, habiendo cumplido lo que allí nos había llevado, volvimos de nuevo al camino que nos conducía hacia el norte.
Fue en Medina es donde supimos que el rey no acababa de partir hacia los reales de la cálida estación que se avecinaba, y que la corte seguía en Madrid, por lo que, tras consultarlo con Germán y los mayorales, nos encaminamos hacia aquella ciudad, en la que esperaba poder deshacerme del resto de la mercancía, por la que transcurrían los días sin cuento y en breve se encontraría tan deteriorada que difícil sería que alguien la quisiera.
–No nos vendrá mal este trueque –dije a Germán, que cabalgaba a mi lado–, pues aunque nos aparta de la ruta que habíamos prevenido, nos va a permitir examinar el estado de este importante camino real, el camino de Tordesillas a Madrid, que mucho han de recorrer nuestros correos, según se me ocurre –y cuando por aquella plana superficie, pues la vía que recorríamos se presentaba cuidada y sombreada por interminables filas de álamos, hasta el extremo de parecer durante leguas un paseo más propio de una gran ciudad, he aquí que tuvimos un encuentro que nos iba a enderezar de nuevo en el primitivo trayecto.
El convoy que conducíamos había quedado reducido a una veintena de carros que viajaban juntos, pues todos opinaron que en tierras como aquellas no eran de temer las asechanzas de peligrosas y nutridas bandas de salteadores. Recorríamos el corazón de Castilla entre poblaciones de tan sonoros nombres como Olmedo, Tordesillas o Valladolid, y la Hermandad se ocupaba de mantener expeditos los caminos, y durante algunas jornadas no tuvimos encuentros dignos de mención, pero una tarde soleada, a lo lejos, en la amable calzada carretera que recorríamos comenzó a pintarse una nube de polvo que vaticinaba la presencia de un grupo al menos tan grande como el nuestro, ¡y qué digo...!, pues resultó mucho mayor, decenas de carruajes precedidos de compañías de caballeros, soldados de brillantes uniformes que levantaban el polvo del suelo y al grito de ¡paso al rey! nos hicieron apartar. Desde los bordes del camino observamos el transcurrir del cortejo, numeroso de carrozas y carros cubiertos, cuyos conductores nos saludaron con abigarrado tremolar de banderolas y gritos procaces, en especial desde que vieron a las mujeres que con nosotros llevábamos, y no miento si digo que en algunos de los más pesados carromatos pudimos vislumbrar extraños animales enjaulados, algunos rugientes...
Uno de los emplumados capitanes, que recorría las filas, se detuvo sudoroso un momento ante el grupo que a pie firme formábamos Esteban, Germán y yo, y nos preguntó,
–¿Tienen sus mercedes agua? –y de inmediato le alargamos un odre, del que bebió en abundancia.
–Muchas gracias, señores –nos dijo–. ¿Adónde se dirigen?
–A la corte –respondí.
–¿A la corte...? Pues llevan camino equivocado. Dos semanas ha que la corte se encuentra en Valladolid, y allá nos dirigimos con parte del equipaje real –tras lo que levantó la mano y azuzando la montura tornó a su labor.
Al fin el cortejo se alejó, el polvo reposó en el suelo y la calma de la luminosa tarde volvió por donde solía, pues las mieses y los tiritones álamos se aplicaron en su melodioso susurrar, y las blancas y algodonosas nubes en sus continuas transformaciones. 
–¿Qué les parece a sus mercedes esta revelación? –pregunté a quienes me rodeaban, el mayoral, Germán y algún arriero que se nos había agregado–. Resulta que perseguimos fantasmas...
Nos contemplamos confusos, pero al fin Germán dijo,
–Si su señoría no encuentra inconveniente, creo que es de rigor variar nuestro rumbo, como lo haría un barco en el océano. He tomado suficientes datos referentes a este Real camino, y nada nos impide dejarlo y dirigirnos a donde parece que más nos conviene...


Durante los días finales del mes de junio del año del Señor de MDCI, en el camino de Olmedo a Valladolid, la Vallisoletum de los clásicos, a las puertas y a la vista de esta ciudad que nos recibe con salvas de cañonazos que sin duda festejan y simbolizan la presencia del rey entre sus gentes
digo que sus innumerables torres descuellan sobre los campos que la circundan, extensas huertas y trigales, bosquecillos, riachuelos que corren de aquí para allá como las acequias de Andalucía, todo ello la adorna de muy enfática manera, y qué decir de las murallas, propias de ciudad de antaño... En las afueras y a la vera del camino que a ella conduce encuentran su asiento corraladas, barracones, posadas, casas de citas, unas encubiertas y otras descaradas, paradores y simples tabernas que alivian la sed de los viajeros, hornos de leña en los que se cuece el pan y ocasionalmente, cuando no todas las tardes, se asan cabritos cubiertos de dulces hierbas. Valladolid, urbe inmensa de largas calles soladas de piedra, sede ahora de la corte, según nos han dicho, emporio del teatro y de los pícaros que aún no han conseguido llegar a Sevilla ni pasar a las Indias, Babilonia de las Españas y revoltijo y ensalada de judíos, moros y cristianos, Valladolid de las torres y las enaltecidas casas de piedra plagadas de viejos blasones..., pues es esta una ciudad privilegiada por la imprevista llegada del rey.
Las calles están atestadas y en seguida se advierte el aire de fiesta. Después de dejar instalados los carros y dar las primeras y aceleradas disposiciones, con prisa me he internado, seguido por Esteban y Germán, entre la multitud que las puebla. A grandes zancadas hemos recorrido las calles que llevan a la plaza mayor sin detenernos en ninguno de los muchos lugares que nos han salido al paso, pues es harta mi prisa por encontrarme en el meollo de las Españas y observar si es cierto lo que de ellas se dice.
A este monumental coso hemos accedido por una enlosada y plagada de gentes rúa que finaliza en enorme arco ojival de piedra. Bajo él hemos pasado, y al fin desembocado en el más sobresaliente lugar de la ciudad entre los soportales iluminados por la luz del poniente sol que ilumina las fachadas, algunas de piedra labrada pero la mayor parte revestidas de ocre tierra. La plaza es grande, muy grande, y está ocupada, como las calles que la circundan, por un considerable gentío que sin cesar se desplaza de un lugar a otro, allá van los jaques de puñal en cinto y las hermosas, y los perros, en especial los mastines de luengas barbas y mirada cansada y los ratoneros de noble cuna y aposento, perrillos a los que ha sonreído la caprichosa fortuna y pasean majestuosamente prendidos de una correa, y los criados que se aburren pero no separan el ojo de lo que deben guardar, y algunas dueñas de redondas formas y costosos trajes, todos se saludan y se contemplan, ríen y gozan y se convidan entre sí, es la fiesta perpetua del atardecer, cuando el calor disminuye y los ociosos y dormilones despiertan para dar principio a su jornada.
Nos detenemos en una esquina, y entre el alboroto digo a mis acompañantes,
–Señores, resulta obligado restaurar fuerzas tras la cabalgada que nos ha traído hasta este ruidoso lugar. Propongo... –y no puedo terminar, pues Germán dice,
–En lo mismo estaba pensando yo. Acabo de ver el establecimiento que sin duda nos conviene. Acompáñenme sus mercedes...
... y con premura nos conduce hasta el más ruidoso y atestado de los figones que se asoman a las aceras, señalado por multitud de enhiestas cubas y a cuyo alrededor se apiñan personas de toda edad y condición que gritan, escupen con furia, beben y sin cesar expulsan los condenados humos azules de los ensalivados chicotes. Los criados van y vienen de continuo con frascos repletos y enormes y abrasadoras fuentes de barro que sin duda acaban de salir de algún horno, y los grupos aclaman cada nueva y humeante aparición. 
Conseguimos hacernos un hueco en aquel campo de Agramante e interesar a uno de los atareados mozos...

[...]